el milagro
de las memorias corporales que es capaz de avivar un trámite bancario
Llego al banco media hora antes de que abran, así que me estaciono y busco entre los recibos viejos dentro mi bolsa un kleenex para atenderme esta rinitis alérgica que me cargué todo el camino para llevar a mi hijo a la escuela y luego hasta aquí. Ojalá me hubieran comenzado los síntomas en casa, pienso, porque así me habría tomado el antihistamínico y no tendría que sumar a la incomodidad de este trámite burocrático la pena de unos ojos llorosos y una nariz como llave abierta.
Pero no, los estornudos comenzaron justo cuando puse un pie fuera de casa… para venir al banco. Una “coincidencia” que en otro momento le hubiera pasado de noche a mi conciencia, pero que una vez aquí, sentada en el carro para agregarle a la experiencia la monserga de una espera que atizara el fuego de mi ansiedad, noté con toda claridad.
Intento recordar (sin éxito) cuándo fue la última vez que me asaltó esta alergia de forma tan abrupta como hoy y, ya que cuento con estos minutos en los que tengo como opciones continuar la lectura de La palabra mágica de Isabel Allende, ponerme al día con mis mensajes o scrollear como autómata en instagram, decido cerrar los ojos y escucharme.


